Por Agustín Seijas
Para la revista BRANDO

El parkour es el arte del desplazamiento que permite superar los obstáculos que se presenten entre un punto A y un punto B de la manera más rápida, fluida y técnica posible; valiéndose solamente de las posibilidades físicas que brinda el propio cuerpo.

El Método Natural y el origen del parkour moderno

Georges Hébert (1875-1957) fue un oficial de la Marina francesa que, apasionado por la superación física, diseñó un método de entrenamiento que preparaba al cuerpo para afrontar y superar todo tipo de obstáculos naturales o interpuestos por la mano del hombre. En 1902, mientras se encontraba destinado a St. Pierre en Martinique, debió coordinar el salvamento de casi un millar de personas durante una erupción volcánica que sometió a la ciudad. Tras su heroica participación, adoptó como filosofía de vida la frase: “Être fort pour être utile” (Ser fuerte para ser útil).

Luego de un viaje a tierras africanas, en el que quedó impresionado por la fortaleza física de los indígenas nativos, delineo una sesión de ejercicios fundamentales que incluía: caminar, correr, saltar, cuadrúpedos, escalada, equilibrio, lanzamientos, subida de pesos, defensa y natación. Actualmente, este método es la base de todos los entrenamientos militares.

A fines de la década del ochenta, un adolescente llamado David Belle recuperaba las técnicas del Método Natural que le había enseñado su padre, un excombatiente de la Guerra de Indochina y bombero parisino, y lo adaptaba libremente a los requerimientos urbanos. Así, treinta años después de la muerte de Georges Hérbert, nacía el parkour en Francia. Llamaron a este movimiento El arte del desplazamiento, y al grupo que integraban David Belle y sus colegas lo bautizaron Yamakasi, que según una antigua lengua africana significaba «cuerpo fuerte, espíritu fuerte, persona fuerte».

El legado de Walter Bongard

Cuando se indaga por los orígenes del parkour en nuestro país, las nuevas generaciones de traceurs (“trazador” o “el que hace el camino”) no dudan en citar a Walter Bongard como el pionero de esta disciplina en el ámbito local. Devenido del mundillo del cine de acción, Walter era lo que se conoce como un stuntman o doble de riesgo. En 2002, mientras buscaba nuevas técnicas para armar la “coreografía” de una escena, descubrió un sitio en internet que reunía los trucos y piruetas de los popes del arte del desplazamiento: David Belle y los Yamasaki. Desde ese momento, Walter acopló algunos de aquellos movimientos a su rutina de entrenamiento diaria y paulatinamente fue descubriendo distintos recovecos en la ciudad para practicar parkour. “Comencé esta práctica porque me permitía desconectarme de mi trabajo de stuntman; me motivaba, crecía en mí una sensación de evolución personal. Comprendí que al cuerpo hay que cuidarlo, pero también comprendí que no él tiene límites”, explica Bongard.

En 2009, sufrió un accidente con su moto que lo dejó discapacitado y en silla de ruedas, pero gracias a su excelente estado físico y mental volvió a caminar. “Los movimientos básicos del arte del desplazamiento me permiten regenerarme físicamente mediante los trabajos de rehabilitación, además psicológicamente me ayudan a recuperarme del padecimiento de las sensaciones de vértigo, temores e inseguridad. Paradógicamente, cuando el parkour era desconocido y rechazado por una pequeña parte de la sociedad yo lo hacía en la calle, y ahora que es aceptado lo hago en un Centro de rehabilitación… y algún día pienso volver a la urbe”. Walter acusa 35 años, está casado y tiene dos hijos. Como representante de PKA (Parkour Argentina) sigue siendo un gran difusor de esta disciplina, colaborando activamente y brindándole apoyo a los que comienzan. “Veo a muchísimos jóvenes bien aventurados que dejan su espíritu dedicándose a este proceso, con una motivación envidiable y una mentalidad contributiva. Están logrando cosas que yo no había alcanzado siquiera en mis mejores épocas. A gran escala, me hace feliz el recorrer hoy en día los diferentes spots y ver tanta gente entrenando. Esos lugares que alguna vez creí ver en mi imaginación futurista llenos de peatones verticales, hoy son un hecho consumado. Las nuevas generaciones materializan cuerpo, mente y espíritu, son la evolución de la esencia de la raza humana y defienden la actividad urbana”, concluye Walter.

Generación PK

A José Miguel Lanzilotta todos le dicen Lanzi. Tiene 22 años, estudia Educación Física en la Universidad Nacional de La Plata, trabaja en el Ministerio de Obras Públicas de la Provincia y da clases de artes marciales extremas en un gimnasio de esa ciudad. A simple vista, presenta un cuerpo fibroso que emula al del mítico Bruce Lee, aunque unos centímetros más alto. En el parkour, el cuerpo es el medio y no el fin; la vitalidad física es apreciada por necesidad y no por decoro. “Pensando en los conceptos de fuerza relativa (la fuerza que tiene un individuo para maniobrar su propio cuerpo) y la fuerza absoluta (fuerza de un individuo para maniobrar objetos) yo considero que lo mejor es desarrollar la fuerza relativa. Por cuestiones biológicas y anatómicas, a misma composición, mientras más pequeño sea un cuerpo mayor será su fuerza relativa. Es por eso que un gato puede saltar hasta nueve veces su propia altura y caer de un séptimo piso sin hacerse daño, mientras que un tigre recibiría múltiples fracturas si cayera de un tercer piso, a pesar de que ambos son felinos y tienen una composición anatómica similar. Tomando en cuenta este punto, me parece que un individuo más pequeño tendría mayor facilidad para saltar pues tendría mayor fuerza relativa”, explica Lanzi.

El sujeto es respetado por sus pares como un virtuoso; lo escuchan y prestan atención a sus movimientos, como tomando nota de su técnica en tal o cual maniobra. Empezó a practicar parkour hace tres años a instancias de un amigo que le mostró unos videos.

Entrena cinco o seis veces por semana, haciendo sesiones de mayor o menor intensidad que suelen durar de dos a cinco horas. “Solemos entrenar por el bosque, por la zona de las Facultades y en alguna que otra plaza. Los fines de semana viajamos a la Capital para juntarnos con nuestros amigos de allá y conocer nuevos lugares para entrenar. Uno de mis lugares favoritos es el Centro Comunal de Tolosa en La Plata. Es un lugar muy completo que, sin importar el nivel que uno tenga, ofrece muchísimos retos”, cuenta Lanzi.

El grupo Parkour La Plata es liderado por él y por Germán Sáenz, otro estudiante del profesorado de Educación Física que se maneja con el mayor de los profesionalismos. Medita atentamente cada truco antes de realizarlo, minimizando al máximo los errores que podrían acarrear torceduras o daños mayores para el cuerpo. Con una pequeña filmadora, es también el “documentalista” del grupo, quien resguarda del olvido las piruetas que realizan sus compañeros. Quizás más tarde analice en detalle las fallas acometidas y las mejore a fuerza de práctica, pues según sus propias palabras “el parkour, en su punto más profundo, tiene la finalidad de la autosuperación; en su esencia empuja, a quien lo practica, a superar todas aquellas metas u obstáculos que el individuo se propone, y mejorar constantemente las habilidades de su propio cuerpo en directa relación con su mente”. Germán parece no dejar nada librado al azar, incluso su preparación está meticulosamente pensada: “Mentalmente el parkour requiere una constante motivación, confianza en sí mismo y seguridad en cada salto. Estas cualidades salen desde la personalidad de cada uno. En cuanto a los aspectos físicos, solamente se necesita entrenar con constancia, cuidar mucho la flexibilidad de los músculos, estirar muy bien antes y después de entrenar, y el resto recae en la habilidad de dominar cada uno de los movimientos del cuerpo”.

Para el observador de a pié, el parkour es una disciplina de lo más peligrosa; a priori, sería el deporte que ninguna madre desearía que su hijo practicara. Pese al riesgo que conlleva, Germán le inspira confianza a los suyos: “Ninguno de mis seres queridos teme por mi seguridad. Mis padres incluso están contentos de que yo haya encontrado una disciplina que se adapte a mis aptitudes físicas. Además, ellos tiene la certeza de que todo movimiento que hago en los entrenamientos esta previamente pensando y analizado”.

Ezequiel Ferrauti Coletti pertenece al grupo Parkour Berazategui. Tiene 24 años y hace dos que es traceur. “Un día estaba mirando videos en internet y me tope con una publicidad en la que un grupo de personas trajeadas iban saltando por todas partes para llegar rápido a sus trabajos. Allí fue cuando me dije: yo quiero hacer esto… no lo de llegar temprano al trabajo, sino lo de saltar. Hasta el momento yo era fanático de las bicis y practicaba BMX, pero había empezado a cansarme y necesitaba algo nuevo. Me quede enamorado de la filosofía de superación y de los movimientos”, rememora Eze, quien asegura que en cada salto recupera una sensación de libertad que existía en su infancia, cuando jugaba con su imaginación.

Casi todos los representantes de la nueva generación de traceurs descubrieron la disciplina a través de videos subidos a youtube, incluso de allí copiaron sus primeros trucos. Luego, todos recurren a una suerte de cofradía de la enseñanza en donde van haciendo camino al andar. “Al principio aprendí viendo tutoriales en internet y filmándome para ver cuáles eran mis errores en los movimientos. A medida que fui conociendo a otros colegas con más experiencia que yo, me fueron dando consejos para seguir progresando. Realmente si no nos diéramos consejos y no nos ayudáramos entre nosotros se nos haría muy difícil progresar, por eso este deporte no es competitivo y es de mucho compañerismo”, explica Eze.

 

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