Por Agustín Seijas

La diputada nacional Margarita Stolbizer, fundadora del partido GEN y excandidata presidencial, seguramente representa los valores políticos que buena parte de la ciudadanía desearía encontrar en sus representantes; pero la realidad demuestra que el voto triunfalista prefiere apostar a un ganador seguro.

Margarita Stolbizer podría ser la madre buenaza de un amigo tuyo, esa profesora de artes plásticas del colegio que te enseño a dibujar cuando eras niños o la vecina que defiende tus derechos en la reunión de consorcio. Tiene ese don de gente que no se puede explicar, hay algo en ella que te hace sentir a gusto. Quizás sea su mirada oceánica, esa que está ahí agazapada y que se hace sentir con una firmeza cálida sin ser penetrante. Su voz delicada no deja de expresarse con simpleza, sin vueltas ni edulcorantes. Tiene clara su cruzada y ha demostrado tener las agallas suficientes para afrontar los desafíos de su función pública sin apelar a griteríos ni bajezas. Si estuvieses en un bar y quisieras que alguien te cuidara la cartera o la notebook mientras vas al baño, le pedirías a esa señora de la mesa de al lado si te hace la gauchada de mirarte las cosas un minuto. Margarita inspira respeto, parece leal y honesta. La imagino convirtiéndose en líder natural durante una situación de naufragio o incendio. Stolbizer es de las que sumarías a tu equipo de trabajo porque sabés que hará su parte con pasión y no te dejará a mitad del río. Se hace cargo de lo que le toca, incluso de su responsabilidad en el fracaso de la Alianza, pero rescata lo bueno de los gobiernos sin tirar cascotes por el sólo hecho de herir para ganar protagonismo. Es un político valioso, de los que todos los países querrían tener. Pero en Argentina somos triunfalistas y muchas veces apostamos al caballo favorito aunque la recompensa sea poca, vamos a lo seguro, porque lamentablemente creemos que el segundo es el primero de los perdedores. Cuando comprendamos finalmente que el voto nos permite elegir al que más nos convence en lugar de aquel que menos nos desagrada, tal vez tengamos otro país y otros políticos.

 

¿Recuerda por qué decidió dedicarse a la política?

Tomé la decisión en el colegio secundario. Desde aquel momento, nunca abandoné la política y jamás tuve épocas de retiro. Desde muy joven me interesaba la lectura de la historia y, a partir de ella, de los procesos políticos. Así, me fui involucrando. No fue por un mandato familiar, no fui de esas personas que sus padres las llevan de la mano a un comité. Desde que era chica quería cumplir 18 años para cumplir dos sueños: sacar el registro de conducir y afiliarme al Radicalismo. Además, tenía esa vocación adolescente de pretender cambiar el mundo. El problema de esa vocación suelen ser las traiciones que los adultos nos hacemos a los ideales de jóvenes. Aquella era mi idea y no la he abandonado en el tiempo.

¿Considera que los adolescentes de hoy también quieren cambiar el mundo a través de la política?

Me parece que hay más interés de los jóvenes por la política de lo que se piensa o se dice. A veces, hay un discurso que descalifica a los jóvenes, a los intereses o los ideales que pueden ellos sentir y se piensa que no les interesa la política. Sin embargo, cuando uno observa las carreras de Ciencias Políticas, están llenas de jóvenes estudiantes. Entonces, creo que hay una verdadera vocación, el problema es que nosotros tenemos una crisis muy profunda en los partidos políticos, ahí es donde está la clave del porqué no haya la suficiente participación. Los partidos no se abren, no convocan, son más bien expulsivos de los cuadros juveniles. O simplemente se utiliza a los jóvenes para hacer seguidismo de los adultos en lugar de abrirles los espacios. Yo sigo pensando que los jóvenes mantienen esos mismos ideales de transformación del mundo a través de la política que tenía yo en mi adolescencia, el tema es que no sé si la política les está abriendo convenientemente las puertas.

¿Cree que esta situación que usted describe se presenta en todos los partidos políticos de la misma manera o existen partidos que supieron cómo atraer a los cuadros jóvenes? Le pregunto esto pensando en La Campora por ejemplo.

Creo que se ve en todos los lugares. Nosotros somos un partido bastante moderno y que tiene muchos cuadros juveniles, pese a ser un partido nuevo y muy pequeño. Es natural que el partido más convocante para jóvenes y adultos sea el partido que gobierna, por eso se comprende La Cámpora dentro del Kirchnerismo. Ahora, cuando uno ve al PRO, por ejemplo, que llega ahora al gobierno, tiene muchos cuadros juveniles, incluso los funcionarios de primerísimo nivel de ese partido son gente muy pero muy joven. Entonces, yo creo que hay un interés de los jóvenes por la política y por participar de los espacios de los distintos partidos.

¿Cuál es la responsabilidad que usted considera que debe asumir un político?

Bueno, aclaremos que son dos cosas distintas el político y el funcionario. Por su parte, el político tiene que orientar, abrir caminos, confrontar ideas, ejemplificar con sus conductas. Ahora bien, cuando un político llega a ocupar un cargo público, desde ese momento tiene otro tipo de responsabilidades concretas en base al cargo que ejerce.

¿Durante toda su carrera política sintió que siempre fue leal a su vocación política?

Absolutamente. Yo nunca tuve crisis internas y siempre estuve tranquila de actuar de acuerdo a mis convicciones, aun cuando los resultados electorales no me acompañaran. Yo sigo convencida de que actué de acuerdo a mi convicción, a los valores éticos.

Existen ciertos políticos que, pese a tener un alto porcentaje de imagen positiva, no son acompañados por el voto del electorado, quizás movido éste último por el afán triunfalista de votar sólo a los políticos que a priori tienen chances concretas de ganar las elecciones. ¿Usted se considera parte de esa clase de políticos?

Si nos referimos a las últimas elecciones presidenciales, creo que uno tiene que poder entender lo que ha ocurrido. Nosotros, como partido, terminamos asfixiados como el jamón del sándwich, entre una tensión muy grande que se dio entre una gran cantidad de personas que querían que quienes estaban gobernando no tuviesen chance alguna de seguir y otros tantos que, si bien no estaban encantados con Daniel Scioli, prefirieron votarlo para evitar el riesgo que para ellos representaba Mauricio Macri. Esto me lo hicieron ver durante la campaña, dado que mucha gente me decía por la calle: “Margarita vos sos muy buena, pero yo quiero que estos se vayan y no ganen. Como vos no podés ganar, hay que votar al que puede ganar.” Así es como se dio esa polarización tan extrema y hay que intentar comprender esas motivaciones personales. Nosotros lo plantemos durante la campaña, este era un tema para terapia, el voto se definía más por la negativa que por la positiva. Voto por este para que no gane el otro. La gente estaba resignada y entregada a lo que no le terminaba de conformar. Yo pienso que uno también debe reconocer el error de visión, de poder comprender lo que estaba pasando en la sociedad. Uno trata de ser honesto con las personas y con uno mismo, actuando de acuerdo a su convicción. Me parece que en los últimos años se instaló fuertemente esa cosa de la confrontación, de la pelea a extremos terribles y esa es una de las cosas que pienso que hay que cambiar. Yo soy muy firme en mi oposición cuando las cosas no están bien, pero la verdad es que no se puede llegar a niveles de intolerancia con respecto al que piensa distinto. Y así es como estábamos, se llegó a la elección con una tensión enorme y la gente sufría el proceso electoral. Creo que se instaló ese clima de miedo y la gente votaba enojada. Nosotros decíamos en ese momento que no había que votar enojado porque los resultados no suelen ser buenos cuando uno vota enojado. Gana el que vota lo que le gusta.

Ya le pregunté por la responsabilidad del político, ahora, siguiendo este lineamiento del votante que no termina, según usted, de votar a quien más lo representa, ¿cuál es la responsabilidad que tiene el ciudadano?

Creo que la sociedad necesita generar mejores incentivos para la buena política. ¿Qué quiere decir esto? Que haya premios y castigos. No puede ser que una persona venga al Congreso de la Nación, esté aquí sentada durante cuatro años en calidad de legisladora, no abra jamás la boca, no presenté ni un solo proyecto, y luego se vuelva a presentar y la gente la elija. ¿Cuál es el incentivo para que realmente los demás legisladores hagan las cosas bien? Si yo hago las cosas bien, soy honesto, estudio, trabajo, presento proyectos, represento a la gente, recorro y después no me votan, el incentivo no existe. Digo, la próxima vez no hago nada, hago la plancha. Los políticos no somos otra cosa que el emergente de los valores que la sociedad deposita en nosotros y también de las miserias, esa sociedad se expresa a través nuestro. La gente luego reclama: por qué no son mejores, por qué0 no trabajan más. Bueno señores, porque ustedes votan muchas veces a esos legisladores que hacen la plancha. Otro tema de importancia, yendo a un terreno más comunitario y social, hay que recuperar el valor de lo colectivo, entendiendo que las misiones personales como proyectos políticos son legítimas, pero tienen que estar siempre por debajo del valor de lo colectivo, de lo comunitario, del interés público. Y hay que poder separar esos intereses particulares de lo que son los intereses colectivos, y a veces esas cosas se confunden.

Precisamente, cuando el proyecto político personal es la Presidencia, muchas veces ciega al político negándole la sapiencia para comprender que el electorado lo quiere en otra función distinta, quizás legislativa en lugar de ejecutiva. Sin embargo, ellos insisten en candidatearse para alcanzar la Presidencia.

Aclaremos lo siguiente. No está mal que el político tenga aspiraciones, pero para ello debe prepararse para asumir ese cargo y desechar los malos comportamientos para lograrlo. Uno tiene que llegar demostrando que es mejor y preparándose, y eso me parece que es legítimo. Pero la sociedad puede decirte con su voto que confía en vos para ocupar un sitio. Naturalmente, el votante nos va acomodando, prefiriendo que ocupemos quizás una tarea legislativa en lugar de ejecutiva. Ahora, también es cierto que en esto hay que entender que la sociedad puede confundirse, no siempre el votante sabe absolutamente todo.

¿Piensa que la sociedad se ha cansado de la terminología o motes clásicos de la teoría política? Esto de hablar de Derecha, Izquierda, Centro, Progresismo, Desarrollismo, etc. Incluso parece que no todos comprenden de qué va cada definición, por lo cual, tal vez, el tema ideológico termina agobiando al votante.

Primero, creo que lo que canso al ciudadano tiene que ver con las traiciones que se hacen a las ideas. El gran problema son los que tienen discursos fantásticos de Izquierda y después hacen negocios de Derecha. Esto me parece que es lo que hemos visto mucho durante los últimos años. Entonces, la gente lógicamente se cansa de esto. Dijeron que eran partidos de Izquierda y se robaron todo. Ahí hay una contradicción muy grande entre el decir y el hacer, y la gente se cansa. Las traiciones que se hacen a las cosas que se dicen. Cuando uno no puede sostener con coherencia sus ideas y su estilo de vida deteriora el ejercicio de la actividad política. Y lo otro que me parece que a la gente le cansa es la “sobreideologisación” de las cosas. Yo creo en las ideologías y creo que no puede haber gestión sin ideas, porque si a la gestión no la manejan las ideas o las políticas, la terminan manejando los negocios. Yo no creo en los que llegan despojados de ideas, no les tengo confianza. El problema son las traiciones por un lado y después, como te decía antes, la “sobreideologisación” de las cosas. Si vas a plantear una cuestión ideológica en torno al vaso de agua, la gente se da cuenta que la estás engañando y se agobia.

¿La crisis política que suscito la caída de la Alianza en 2001 fue una oportunidad que los políticos no supieron capitalizar?

Si, absolutamente. El 2001 fue el gran fracaso de la política y yo integré esa Alianza. No hay dudas de que se desperdició un momento valioso. Para quienes formamos parte del gobierno de la Alianza, aquella fue una oportunidad histórica. En realidad, pocos gobiernos llegaron con tanta vocación de cambio y tanto apoyo popular. Pero todo se dilapidó rápidamente.

¿Cuál fue el político que mejor representó lo que para usted es el “ser político”?

Raúl Alfonsín. Por el momento histórico, el salir de una dictadura tan cruel como la que habíamos padecido, hacía falta una persona con una gran influencia, con una visión no solamente de estadista desde lo intelectual y lo estratégico, sino también desde el liderazgo emocional. No tengo duda, fue el gran inspirador de muchos de nosotros.

¿Alguna vez se sintió poderosa o seducida por el lado más vil del poder?

Yo no me siento poderosa. Hay que saber entender qué es el poder. Ahí está la confusión, cuando se cree que el poder puede ser un fin en sí mismo. Y entonces, sólo se trabaja para alcanzar el poder, cuando en realidad el poder es una herramienta. El político debe pelear para tener un espacio de poder porque desde allí deberá trabajar para transformar la realidad, para mejorarle la vida a la gente.

Si le dieran una moneda, de un lado cae Hambre y del otro Educación. ¿Cuál solucionaría primero?

Están absolutamente vinculadas, cuando nosotros planteamos el problema de la pobreza como una de las prioridades siempre decimos que la pobreza no es eliminar a los pobres, no es repartir subsidios; es, entre otras cosas, garantizar una educación de calidad. Para combatir a la pobreza y terminar con el hambre debemos darles a los chicos la posibilidad de una escuela que los contenga y los represente, que los forme y les abra las puertas.

A lo largo de su trayectoria política ha librado una batalla contra la corrupción desde diversos espacios, ¿cree que en algún momento se acabará o la padeceremos eternamente como parte implícita de nuestro ADN como sociedad?

La corrupción es un mal demasiado generalizado. El problema es que en muchos otros lugares los corruptos van presos y en este país no. Por eso lo más grave no es la corrupción sino la impunidad de los corruptos. Lo que necesitamos es tener una justicia que actúe de manera independiente, que vaya sobre los poderosos y no sobre los débiles. Las cárceles están llenas de pobres y ahí es cuando uno se da cuenta de la selectividad que tiene el sistema penal, pues parece perseguir sólo a los pobres mientras que los ricos y los poderosos nunca caen. Hay que trabajar en ese sentido, saber que el corrupto terminara preso.

En Argentina la palabra “rico” parece ser sinónimo de “villano”, cuando en realidad nada de malo tendría hacerse rico trabajando y generando trabajo a otros. ¿Por qué cree que existe este prejuicio?

El problema es la riqueza mal habida, a costa de la vida de los otros. Ayer tuvimos la sentencia de la tragedia del Once (nota del autor: hace referencia a las condenas dictadas, el pasado diciembre, por el Tribunal Oral Federal 2 por el choque del tren «Chapa 16», ocurrido el 22 de febrero de 2012). La riqueza amasada por los culpables de aquella tragedia fue a costa de las personas que perdieron la vida aquel día. Claro que hay ricos que no son villanos y no hay que tener prejuicios contra ellos. Hay que exigirles a los que más tienen que coparticipen para mejorarle la vida a los que menos tienen.

¿Palpita un verdadero cambio social con la llegada del PRO al gobierno?

Todos estamos esperanzados en que algunas cosas empiecen a cambiar, pero hay que entender primero que los cambios profundos no se alcanzan por acto de magia, hace falta mucha decisión política e inteligencia. Si analizo el poco tiempo de gobierno, veo que hay luces y sombras, como en todos lados. Pero no debemos idealizar sino intentar cooperar para que a todos nos vaya mejor. Yo no creo en los opositores que se paran en la vereda de enfrente a cascotear al que gana, creo en el opositor que tiene la grandeza de cooperar.

¿A qué país le gustaría que nos pareciéramos?

A nosotros mismos en las cosas buenas que fuimos y tuvimos. No hace falta buscar modelos por afuera, aunque me gustan ciertas cosas de Uruguay y de Chile, pero me parece que estamos en condiciones de conseguir lo bueno que ellos pueden tener y algunas cosas más también.

Le voy a comentar sobre una teoría que yo tengo, la llamo La Teoría de la Reconstrucción del Mundo. Esa teoría me permite mantener a raya a mi ego profesional. Sólo debo pensar lo siguiente: si el mundo se viniera abajo y debiéramos volver a armarlo, sospecho que los médicos, los agrónomos, los ingenieros, los arquitectos, los científicos y otros tantos profesionales entrarían en acción antes que yo, pues considero que los periodistas seríamos requeridos cuando la cosa estuviese bastante armadita como para comunicarle las novedades a la sociedad. ¿Cuándo cree usted que llamarían a los políticos a sumarse a la reconstrucción?

Después que a los periodistas. (Se ríe con ganas)

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