Por Agustín Seijas

¿Qué tienen en común La Sagrada Familia de Gaudí; el estadio del Real Madrid; decenas de aeropuertos de España, Uruguay y Argentina; cientos de edificios y monumentos célebres; varios campos de golf; extensos viñedos de la campiña francesa; naves industriales y algunas plataformas espaciales que tiene el gobierno de Barack Obama desparramadas por el mundo? Todos estos sitios comparten y padecen el mismo problema: las palomas. Esos dulces plumíferos con los que Pablo Picasso representó la paz y que son capaces de derruir la obra más monumental del planeta o derribar sin piedad a un Boeing 747 colándose en sus turbinas cual misil teledirigido. Por suerte, en esta vida existen los opuestos y, así como cada gato tiene su perro, a cada palomita la espera su halcón.

El arte de cetrería
Durante la Baja Edad Media –entre los siglos XI y XV–, muchos de los libros que referían al estilo de educación que debían recibir los príncipes y los caballeros nobles hablaban del papel fundamental que ocupaba la caza para templar el carácter. En aquellos tiempos, quienes entendían la cetrería –arte de criar, domesticar, enseñar y curar a los halcones y otras aves rapaces para la caza– como una actividad recreativa, deportiva o educativa no vislumbraban que terminaría convirtiéndose en una herramienta eficaz para resguardar la seguridad de los aeropuertos más transitados del mundo y proteger la integridad de valiosas obras de arquitectura.

Declarada en noviembre de 2010 como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, la utilización de aves rapaces para solucionar algunos problemas que se plantean en el seno de la sociedad moderna se debe a la pasión e ingenio del naturalista español Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980), pionero absoluto de la cetrería moderna, maestro e inspirador de muchísimos aficionados que siguieron sus pasos tras leer su obra El arte de cetrería, considerado como la “Biblia” en lo que respecta a este tema.

En un principio fue concebida como un medio de subsistencia, siendo empleada por las clases bajas para obtener alimento capturando animales mediante el uso de rapaces, aunque luego fue absorbida y quedó relegada al uso exclusivo de la nobleza y de las clases altas de la sociedad que vieron en las aves nobles una peculiar forma de destacar su rango social. De esta manera, los potentados tenían azores y halcones, los miembros del Clero disponían de pequeños esmerejones, y las féminas de alcurnia eran proclives a poseer gavilanes.

Tomando como referencia ciertos textos chinos y japoneses, los comienzos de esta práctica pueden hallarse en Asia con anterioridad a la era cristiana, emigrando posteriormente a Europa occidental, durante las invasiones godas. Los romanos, por su parte, estaban adiestrados en el aucupio (captura de pájaros) e incluso, existen informes que demuestran que el emperador Julio César llegó a usar halcones para matar palomas mensajeras. Uno de los primeros testimonios gráficos, datado en el siglo V, se encuentra en los mosaicos de la Villa del Halconero en Argos (Grecia). En la Península Ibérica la cetrería llegó a través de dos corrientes: de los bárbaros del Norte de Europa, que introdujeron la cetrería con aves de “vuelo bajo”, una modalidad más sencilla de caza, y otra emanada de los países árabes, que fue la que incorporó la caza por “altanería” o “vuelo alto”, practicada sólo con halcones y en la que es indispensable el uso de caperuza. Este utensilio es el más emblemático de los que se usan en esta disciplina, y es en él donde reside la gran diferencia entre la refinada cetrería árabe y la rústica de los pueblos del Norte, a los que les era completamente desconocida esa pequeña capucha de cuero con la que se cubre la cabeza del rapaz. Las Cruzadas, al igual que otras batallas, fueron un evento importante para la cetrería ya que en ellas se desarrollaban treguas para que los nobles pudieran hacer volar sus halcones; incluso, si alguno de estos animales era capturado o se posaba en territorio enemigo, el rescate para ponerlo en libertad podía ser superior al precio de 500 prisioneros.
En nuestros tiempos, al no existir un mercado establecido, quien desee adquirir un ave rapaz deberá desembolsar como mínimo unos 500 dólares; pero, si el interesado fuese un jeque árabe, el precio subiría ostensiblemente, pudiendo llegarse a pagar hasta 20 mil dólares por un halcón bien adiestrado que denote estirpe cazadora.

Halcones trabajando
En 1968, la base militar de Torrejón de Ardoz (Madrid, España) tenía un problema de interferencias aéreas a causa de bandadas de sisones (ave similar al pato) que cruzaban la zona. Tras fracasar con diversos sistemas para ahuyentarlas, la comandancia militar contactó a Félix Rodríguez de la Fuente, quien diseñó y dirigió la Operación Baharí, un proyecto en el que se utilizaron halcones peregrinos para demarcar un territorio de caza natural donde las otras especies silvestres sintieran pánico de entrar y, así, lograr liberar el espacio aéreo para asegurar el tránsito (despegue y aterrizaje) de los aviones. Una pareja de peregrinos puede cubrir una zona de varios kilómetros a la redonda. El éxito alcanzado permitió implementar el mismo método en el Aeropuerto de Barajas, y en la actualidad, ya son 29 los aeropuertos españoles que utilizan aves rapaces para controlar el peligro aviar.

En 2005, mientras trabajaba en un hotel en la pintoresca isla de Menorca (España), el argentino Nicolás Catalano leyó un anuncio en el periódico local, que decía: “Se necesitan personas para trabajar con aves rapaces”. Amante de la naturaleza, no dudó en postularse para aquella faena. Se encontró ese mismo día con Juan Antonio Sánchez –titular de la empresa Nebli Centro de Halcones– en el aeropuerto y luego de pasar cinco horas entre las aves, decidió decirles adiós a la corbata y a su puesto en el hotel. Desde ese momento empezó para él un entrenamiento intensivo que le permitió, con esfuerzo y dedicación, hacer volar bajo su propia responsabilidad sus primeras aves rapaces. Durante tres años formó parte de un grupo de cetreros sobre los que descansaba la seguridad de este aeropuerto de las islas Baleares. “El día comenzaba a las 6:30 de la mañana; salíamos en la camioneta a recorrer la pista con varios halcones y dos perros Pointer. Trabajar con animales es magnífico, aunque cada pájaro es un mundo y hace falta familiarizarse con él. Experimenté varias situaciones difíciles, en cuatro oportunidades mis aves se escaparon y tuve que seguirles el rastro por toda la isla durante varios días usando telemetría (una antena que localiza la ubicación de un trasmisor que las aves llevan aferrado a una de sus garras). Es desesperante saber que un animal al que le tomaste cariño y en el que invertiste muchas horas de enseñanza se puede perder para siempre”, comenta Catalano. Los aeropuertos costeros son los más propensos a contabilizar accidentes con aves migratorias, tal es el caso de La Guardia (Nueva York, EE.UU.). En enero de 2009, un Airbus de la compañía US Airways debió acuatizar de emergencia sobre el río Hudson a causa de una bandada de gansos canadienses que se metieron en una de sus turbinas, cinco minutos después de haber despegado. Nicolás Catalano conoce muy bien estos pormenores: “Nosotros en Menorca estábamos justo en el paso de las migraciones de aves desde el Norte de Europa hacia el Norte de África, así que, en invierno teníamos muchísimo trabajo, y durante el verano nos concentrábamos en las gaviotas, que son grandes y están consideradas como una plaga”.

Seguramente el reconocido arquitecto Rafael Viñoly jamás imaginó que una obra suya estaría “custodiada” por aves rapaces. Germán Curbelo fue durante 14 años inspector de Arquitectura del Municipio de Canelones, y desde hace tiempo, él y su socio alternan un Harris, un gavilán americano y un halcón aplomado, en el espacio aéreo del Aeropuerto Internacional de Carrasco (Montevideo, Uruguay). Al igual que La Guardia, al estar ubicado a menos de un kilómetro de espejos de agua y a casi siete kilómetros de un basural, este aeropuerto incrementa las situaciones de peligro provocadas por teros y gaviotas. Para finiquitar con el problema, las autoridades han decidido desembolsar aproximadamente 30 mil dólares anuales por un servicio que, además de cetrería, incluye espantapájaros, sirenas, pirotecnia y otros recursos para disipar las aves. “Entre nuestros clientes podemos citar las cadenas de supermercados Disco y Devoto, la firma Coca Cola, el Carrasco Lawn Tennis, el estadio del Club Nacional de Fútbol, varios viñedos, plantaciones de arándanos y de soja”, enumera Curbelo.

Un aeropuerto es prácticamente un ecosistema y lo que se puede encontrar allí es complejo y amplio, por eso hay que estar continuamente inventando cosas para evitar el riesgo. Se estima que las colisiones de las aeronaves con animales le cuestan a la aviación civil de los EE.UU. cerca de 300 millones de dólares anuales y unas 500 mil horas de tiempo fuera de servicio. Fabián Bustos, gerente de Coordinación Nacional, responsable de Control Aviario Nacional y representante de Aeropuertos Argentina 2000 (AA2000), explica: “El primer accidente provocado por el choque entre un ave y un avión ocurrió en 1912 en Estados Unidos, cuando una gaviota se cobró la muerte de un piloto (consideremos que el primer vuelo con motor fue el de los hermanos Wright en 1903). Durante el año 2000, de acuerdo a estadísticas de la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), hubo 8.458 notificaciones de choques con aves según los reportes recibidos de 30 países”. Según la Administración Federal de Aviación de EE.UU., el 78% de los impactos con aves ocurren por debajo de los 328 metros sobre el nivel del terreno; de esos, el 35% ocurre durante los despegues y el 49% en los aterrizajes.

Desde hace unos años, AA2000 designó a Adrián Luna como Jefe de cetreros y asesor de los 33 aeropuertos que la empresa administra en nuestro país. Su base de operaciones se encuentra en un pequeño galpón ubicado junto a la pista del Aeroparque Jorge Newbery, en la Ciudad de Buenos Aires. Allí alimentan, cuidan y adiestran a cinco halcones peregrinos y un Harris, para paliar los improvistos que pudiera provocar la cercanía del Río de la Plata y la Reserva Ecológica. Adrián Luna tenía 27 años cuando, luego de leer El arte de cetrería, realizó sus primeros vuelos con dos águilas moras atadas, en la quinta de su madre en Hurlingham (provincia de Buenos Aires). En esa época estudiaba Biología en la universidad y se juntaba con un grupo de amigos a intercambiar opiniones sobre sus propias experiencias y comentar algún que otro texto escrito por naturalistas extranjeros.
Autodidacta, Luna conoce perfectamente las claves del oficio: “El halcón caza por altanería. Primero el perro marca la presa –como en la caza tradicional con escopeta– y luego el cetrero, enfrentado al can, se acerca lentamente hasta que la presa levanta vuelo. Justo allí, el halcón desciende en una picada que puede alcanzar los 300 km/h y mata por impacto, le pega con el esternón y con las garras rebatidas. Le da un golpe muy fuerte que por lo general termina matándola en el aire o le rompe un ala. Y en el piso la degüella con el pico. Por otro lado, el gavilán es de trabar con las patas e incluso matar por estrangulamiento con las garras. El Harris no hace picadas espectaculares pero puede hacer persecuciones cambiando sorpresivamente la dirección de su vuelo”, explica el jefe de Cetreros de AA2000. “A veces el pájaro tiene sus problemas; puede estar excedido de peso, quizás se distraiga con otra presa o no vuele en redondo sobre el cetrero. Puede ser que haya visto un depredador más grande (un águila o un carancho) y se asuste. El halcón no es un fusil que lo tenés sobre la chimenea, lo bajás y funciona siempre igual”, cuenta Adrián Luna.
Guillermo Santalla García es maestro cetrero y, como titular de la firma Santalla & Cobo, fue el responsable durante un tiempo del mantenimiento del Estadio Santiago Bernabéu, sede del Real Madrid y hogar de cientos de palomas sedentarias que devoraban las semillas del césped y defecaban sobre las tribunas. En agosto de 2001, un halcón –al que apodaron Zidane– batía todos los récords y les aseguraba a las estrellas del equipo un césped parejo, y a los fanáticos, asientos impolutos donde disfrutar las gambetas de Zinadine Zidane, Luis Figo, Roberto Carlos, Raúl y otras figuras del Madrid. En apenas tres semanas, Santalla García y su rapaz reducían a veinte las palomas sedentarias que hacían nido en el estadio. Un éxito absoluto, solo equiparable con el de aquel equipo dirigido por Vicente Del Bosque, que alcanzaba la Liga española, la Supercopa de España y la Champions League, entre otros logros.

Cuando Antoni Gaudí diseñó La Sagrada Familia en Barcelona no reparó en los miles de recovecos en los que las palomas podrían posarse a gusto. El gran arquitecto catalán no lo tuvo en consideración. Por ello, hace un par de años, fue necesario “anidar” a una pareja de halcones peregrinos y a sus cuatro crías para dar fin al fastidioso tema de las palomas. Monitoreados con una webcam, el mundo entero pudo seguir on line el devenir de estos cazadores y tomarles simpatía a sus pichones.

La cetrería ha demostrado ser un arma eficaz para eliminar los trastornos de higiene y salubridad ocasionados por la paloma doméstica de plaza. En 2006, el Ayuntamiento de Valencia (España) contabilizaba 30 mil palomas y tórtolas, que producían inmundicias, llenaban de excrementos la ropa tendida al sol y degradaban los edificios históricos. Cuatro años más tarde, gracias al trabajo de seis halcones peregrinos, lograron bajar en un 30% ese número. El trabajo de cetrería fue acompañado por otras acciones puntuales: la instalación de nueve palomares ecológicos en los que depositaron las palomas, cambiándoles los huevos por pelotas de ping-pong para frenar la reproducción; y la prohibición –mediante carteles disuasorios– de alimentar a los plumíferos en las plazas, poniendo incluso multas a quienes lo hiciesen.
En Londres (Inglaterra) son varias las empresas de cetrería que compiten por suministrarle al Gobierno sus servicios de mantenimiento para la Abadía de Westminster, el Parlamento y otros monumentos nacionales. Como referencia, los contratos para mantener libres de palomas lugares como la calle Downing –donde reside el Primer Ministro– refieren un pago anual de hasta 42 mil libras esterlinas.

Para la realización de esta investigación fueron consultadas distintas oficinas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y de la provincia de Buenos Aires, quienes nos informaron que por el momento no se está utilizando la cetrería para la protección de edificios públicos y monumentos. No obstante esto, sí se han aplicado otros métodos pasivos, como mallas metálicas, pinches y repelentes químicos.

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