Por Agustín Seijas
Para la revista TIGRIS

Esta es la historia de un equipo de rugby llamado Los Espartanos, integrado por presos, y liderado por ex jugadores del SIC y del CASI, que se animaron a compartir valores como la disciplina, el respeto y la amistad.

Eduardo Coco Oderigo es abogado penalista, ex jugador del SIC y un convencido de que «lo imposible sólo tarda un poco más». En abril de 2009, decidió junto a Santiago Artese darles una oportunidad de cambiar a quienes estaban cumpliendo condenas penales. Pensó que si lograba fomentar los valores del rugby en el grupo, podría mejorar la situación. Luego de conseguir los permisos, los llevó a la cancha de tierra del penal y les dio su primera práctica de rugby a los reclusos. Aquello de golpearse de manera lícita, a ellos que habían canalizado su violencia de manera equivocada, les resultaba algo novedoso.
Eso sí, les dejó muy en claro la consigna que debían respetar a rajatabla: las reglas por encima de todo. En febrero pasado, Los Espartanos comenzaron la sexta temporada de entrenamientos; han pasado más de cuatrocientos internos por el equipo y han reincidido en el delito apenas tres. Él conoce bien el tema, trabajo durante quince años en la Justicia, al igual que su abuelo y su padre. Siempre hizo todo para que se cumpliera la ley, pero considera que eso no quita que estas personas privadas de su libertad, tengan dignidad durante el tiempo en el que deben cumplir sus penas. El objetivo no es que salgan antes sino darles las herramientas para que puedan cambiar y estar preparados para cuando deban reinsertarse en la sociedad. Además, comprometerlos a hacer lo propio en sus barrios, porque si bien hoy les toca recibir, pronto tendrán que comenzar a devolver. Oderigo piensa que la gente no se anima a ofrecerles un trabajo cuando salen en libertad, por eso, él continúa en contacto con estos muchachos e intenta seguir dándoles una mano, reunirse con ellos, jugar al rugby juntos y seguir sumando personas que quieran acompañar en este intento de creer que se puede.

 

DIENTE, EL CAPITÁN

Es la misma cara pero con otro semblante. Parece un hombre diferente del que me tendió la mano hace diez minutos en el patio del Pabellón. Ahora se va transformando en un tipo afable que con cuidadoso respeto se prepara para la entrevista, propiciando el espacio adecuado para recibirme. Saca el colchón de la litera de arriba y lo enrolla sobre el piso, convirtiéndolo en una suerte de puf. Me cede el mejor sitio en su celda para que me siente, la cama de abajo. Estamos sentados frente a frente en «su casa», la última a la derecha de un largo pasillo con celdas a ambos lados. Habitáculos reducidos, de dos por tres metros, más o menos, con una letrina, un lavabo y un pequeño escritorio. De un lado, una ventana que da al patio, del otro, la puerta que da al pasillo, junto a la cual me encuentro yo sentado. Pongo REC y lo primero que me pregunta el capitán de Los Espartanos, apodado Diente, es: «¿vos después lo editás?».

 

No hay más nombres que Diente. Así lo llaman todos y así lo llamó yo a partir de ahora. El sujeto mide un metro noventa y pico, tiene quijada cuadrada y una dentadura enorme a la que le falta una pieza, de allí su seña. Acusa veintinueve años pero aparenta varios más. Su sola presencia inspira respeto, no por nada es el capitán de este equipo tan particular.

 

¿Qué representa para vos la imagen del capitán?

Debe estar pendiente de todo, dentro y fuera de la cancha, más cuando alguien lo necesita. Es como el líder del grupo. No sé cómo explicarlo bien, no lo sé. Es algo que está bueno. A veces me cansa un poco; llevás una mochila grande y hay que bancarla. Al principio, el capitán era otro, el Chaqueño, pero al poco tiempo de que se fuera en libertad, nos tocó jugar un partido, y en el momento en que llamaron a los capitanes para el sorteo, nos miramos todos y fue Coco el que me dijo: «andá vos». Él es el verdadero capitán, sin él no habría equipo. Siempre está en lo que puede, en temas de familia, para dar un consejo, en todo lo que puede, él está. Muchos chicos acá, no tuvieron un padre, y van a él en busca de esa imagen. Yo soy una persona que cuando está mal no te vas a dar cuenta. No se lo demuestro a nadie, me lo guardo. Tampoco se me va a notar en mi carácter. A veces, le «presto la oreja», como se dice acá, a alguno de los chicos que está mal… y pienso… si yo le llego a contar mis problemas a ellos, se matan.

 

Actuás de la misma manera en la que actuaría un padre o tal vez, un hermano mayor, protegiéndolos incluso de tus penas, de tus problemas, para evitarles la carga.

Mirá, en el mundo hay problemas más grandes que los míos, y si tenemos que andar llorando por los problemas chiquititos que tenemos todos nosotros, estamos jodidos. Recién uno de los chicos del grupo de Coco, me dijo que tuvo una mala semana. Yo pensaba para adentro, que hace casi siete años vengo teniendo semanas malas y no me quejo.

 

¿Cuál es tu preocupación recurrente acá adentro?

Prendo la tele y veo que está todo caro, el Gobierno quiere que comamos lo que ellos quieren. Los que no tienen plata, tiene que comprar «precios cuidados» y me dicen que no se consigue nada. Hay que traspirar la camiseta adentro y afuera. En eso el rugby es como la vida: si te caes, hay que levantarse. Pero la diferencia en el rugby es que no estás solo, te ayuda mucho estar con tus amigos, los amigos del rugby son para toda la vida.

 

¿Modifico en algo tu personalidad el rugby?

Me calmo mentalmente… espiritualmente. Es que cuando salís a jugar, salís a descargar peso, y volvés con un cansancio lindo. Es una buena opción para salir de todo. Veo que hay chicos que usan la droga para salir, pero yo pienso que el deporte es lo mejor. Entrenamos casi todos los días. Hacemos dos veces a la semana rugby, pero a la cancha salimos todos los días aunque sea a patear un rato. El rugby tiene más disciplina, valores, nada que ver con el fútbol, ahí terminamos todos a las puteadas. El rugby es un deporte de roce. Metés un buen tackle y el otro, por mas dolorido o caliente que esté, se tiene que levantar, calladito la boca. Todos los deportes te dan valores, pero el rugby es más completo, te forma en disciplina, amistad y compañerismo. También me volví más paciente, antes quería todo ya. Ricardo, un amigo que nos da charlas, siempre dice: «en la vida hay que ir de a un ladrillo a la vez, toda la pared junta se te viene abajo rápido».

 

¿Hay más tolerancia entre ustedes ahora que son un equipo?

No te voy a mentir, acá hay discusiones, aunque no pasan de eso; en este pabellón no hay peleas, somos todos del mismo equipo.

 

¿Conocés la historia del equipo de rugby uruguayo que cayó en Los Andes?

Si, vi la película.

 

Antes de venir a conversar con vos, me acordaba de lo difícil que había sido para el capitán de aquel equipo, durante el tiempo que estuvo con vida, mantener el espíritu del grupo en la montaña. Vos sos el capitán de Los Espartanos y tenés una montaña para atravesar a diario en el encierro, ¿cómo lográs afrontar el desafío?

A veces pesa, tengo momentos complicados; pero si no estoy yo, igual saben que todos acá somos capitanes, si no me ayudan yo solo no puedo, somos un equipo.

 

Supongo que los integrantes de ese equipo van cambiando, algunos se irán en libertad y llegarán otros compañeros nuevos, ¿cómo se les explican los valores del rugby, el espíritu de Los Espartanos?

Es cierto, a veces, los nuevos no conocen el concepto de lo que es el rugby y Los Espartanos. Tal vez, durante el primer mes estas renegando con ellos porque vienen de un contexto diferente de vida, donde las cosas no se arreglan hablando sino de manera violenta. Si bien es cierto que estamos presos, tenemos que buscar otra forma, otras soluciones. Yo soy como el Comité de Bienvenida, intento ayudarlos, trato de ponerlos en una celda con alguien que esté hace tiempo en el equipo, pero igual, todos le vamos hablando y explicándole de qué se trata esto. Algunos chicos no se supieron adaptar y se tuvieron que ir.

 

Cuando pasa eso, ¿lo sentís como una frustración o fracaso personal como capitán del equipo?

La verdad es que a veces no te dan ganas de meterte tanto en los problemas de los demás. Pienso sólo que no supieron aprovechar la oportunidad de sumarse a Los Espartanos.

 

¿Cuánto tiempo te queda acá adentro?

Tres años y nueve meses. Es lo que me falta para cumplir una pena de diez años. Pero creo que ya estoy para recibir algún beneficio.

 

¿Hay esperanza afuera?

Quizás la gente afuera diga: «¿para qué vas a ayudar a esos? Dejalos que se mueran?». La verdad es que los entiendo, porque la cosa está cada vez más jodida, hoy te matan por dos pesos, están todos locos. Entonces, la gente se encierra en sí misma, cada uno intenta salvarse solo. Pero Coco siempre vio una esperanza en nosotros, nunca colgó los guantes. Para cambiar hay que tener ganas, muchos se fueron en libertad y están haciendo las cosas bien. Claro que existe el temor de cometer errores, pero tengo en la cabeza que debo hacer las cosas bien y el día que esté en un aprieto, tendré que llamar a esos teléfonos de gente buena que tengo ahora, tipos que pusieron su esperanza en nosotros.

 

¿Cómo proyectas tu vida en libertad?

Me gustaría un trabajo con el que me pueda mantener y ayudar a mi familia. No tengo oficio, así que seguro voy a laburar con el hombro. También me gustaría tener algo de tiempo para jugar al rugby, aunque no me queden muchos años de juego; los golpes ya empiezan a doler y no se van tan fácil.

 

Pero si alguien te dijera: «Diente, yo te enseño lo que quieras». ¿Qué te gustaría?

Profesor de educación física. Me gusta el deporte y sería lindo enseñar rugby. Yo desperdicie mucho tiempo, pero si tuviese un trabajo, estudiaría.

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GIGANTE CHIQUITO

Santi tiene 21 años y hace poco más de dos años que está en el penal de San Martín. De sus doce hermanos, se ve con el de 18 y el de 23. Lo crió su madre, ante la ausencia de un padre al que según él cree, jamás perdonará. Santi es el medio scrum de Los Espartanos. Es un tipo de baja estatura, pero con un cuerpo trabajado que parece ser su mejor carta de presentación. Le gusta verse bien, y aquí, verse bien, significa mostrarse fuerte. Santi no tuvo oportunidades. Verdaderamente, no las tuvo. Una infancia durísima, marcada por el hambre, los golpes y las drogas, lo empujaron hacia la delincuencia. Quizás tuvo un segundo en el que pudo haber elegido otro camino, revertir su destino y ser un hombre de bien, pero si se come de la basura desde niño, es raro no tropezar con la desgracia. Cuando cayó preso no sabía leer ni escribir, tampoco sabía si iba a levantarse vivo a la mañana siguiente.

—Mi oportunidad la encontré tras la rejas, porque en la calle nadie me dio una mano, es más, me la escondían, porque veían que yo andaba en una carrera mala. Acá adentro conseguí una mano, gracias a Coco (Oderigo) y a Diego (Claisse) ahora tenemos un pabellón para nosotros. En la cárcel hay mucha envidia, rencor, bronca, pero acá se formo la convivencia, a la lucha, pero se formó. Tenemos nuestro pabellón, nuestro gimnasio, con el Servicio (Penitenciario) que nos abre la puerta para ir a hacer deporte a la cancha y eso no se lo dan a todos— cuenta Santi, con un tono de voz que sube y baja intempestivamente, como el tacómetro de un motor V8, de a momentos habla provocadoramente y luego de manera arrastrada, como regulando cauteloso los gestos del oyente.

Cuando se refiere a su capitán lo hace con respeto, cuenta que fue él quien le abrió la puerta del pabellón y del equipo. Está convencido de que Diente vio en él a un jugador útil, un tipo duro capaz de ir a pellizcarle los talones a los más grandes, a quitarles la pelota.

Si la Justicia le otorgase un beneficio, él no debería esperar los dos años y ocho meses que le quedan para cumplir su condena, sino que podría salir en noventa días. Dice haberse hecho fuerte por dentro gracias al rugby, respetando las reglas del juego, esos códigos que establecen la embestidura del árbitro, la autoridad del entrenador y el valor absoluto del compañero que está junto a él para empujar, levantarlo y apoyarlo en cada jugada, dentro y fuera de la cancha.

En la actualidad, Santi está cursando primero, segundo y tercer grado del colegio; aprendió a leer y ya le escribió una carta a su madre. Sueña con formar una familia junto a Alejandra, el «foward de su vida», la mujer que lo acompaña desde chico. Le gustaría tener hijos, un trabajo para poder darles de comer y una casita que no se la arrebaten.

¿Cuánto tiempo le llevará a Santi curar sus heridas? ¿Cuáles serán las oportunidades que le dará la sociedad al salir libre? Nadie lo sabe, quizás ni él mismo. Pero hay algo que está claro, nadie le está regalando nada, el tipo está cumpliendo lo que dictaminó la Ley, pagando su deuda. Ojala el rugby le haya dado las herramientas para salir a jugar en la cancha grande, enfrentarse con su vida.

LOS ESPARTANOS

JUGADORES

Diente (Capitán), Pupi, Carlitos, Ariel, Santi, Guichi, Diego, El piojo, Robert, El chino, Víctor, Jesús, Hugo, La masa, Correntino, El colo, El niño bien, El cuno, Francis, Ezequiel, Brian, Cristian, Claudio, Juan, Maxi, Yoel, Alejandro, Cirilo, Fabiano, Luque, Villegas, Mármol, Emiliano, Marcos, El oreja y Cachete

ORGANIZADORES Y COLABORADORES

Coco Oderigo, Diego Claisse, José Barbaccia, Charlie Gatica, Toto D’Agosto y Damián Donnelly, entre otras muchas personas que semana a semana se van sumando.

MIRADA PERSONAL por Agustín Seijas

Acabo de salir. Estoy sentado en el asiento trasero del auto que me trajo y que ahora, me saca de allí. Desplomado, con la mirada puesta sobre unos árboles cercanos, siento de manera fáctica, por primera vez en mis treinta y nueve años, la absoluta relevancia que tiene la libertad en mi vida. Todo lo demás, o casi todo, se nutre de ella. Un par de horas atrás, estaba entrando al Pabellón N°8 de la Unidad 48 del Servicio Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires, esa que se levanta a la vera del Camino del Buen Ayre, sobre el relleno sanitario del Ceamse, a pocos metros del río Reconquista. Me iban a presentar a Diente, el líder del lugar, el capitán del equipo de rugby Los Espartanos.

 

Hace tan sólo unas horas, aún no había bajado del auto de mi amigo Alberto Ruiz Guiñazú, el que me hizo de puente directo con Coco Oderigo, el pionero de este proyecto, el abogado penalista que a los cuatro años entro al SIC de la mano de su padre y ahora entra, dos veces por semana, a este penal para inculcarle valores como disciplina, respeto y compañerismo a los muchachos del Pabellón N°8. Esos que están privados de su libertad y de otras muchas cosas. Los que están pagando deudas, sus pecados.

 

Hace unas pocas horas, veníamos hablando con Alberto sobre Jesús. Pensábamos que si volviera a la Tierra, si saliera a evangelizar, no nos elegiría a nosotros, digo, a Alberto, a mí o a tipos medianamente buenos, sino que Jesús iría en busca de los pecadores, como lo hizo en un principio. Por eso, tenemos la teoría de que, probablemente, iría a buscar a su gente a sitios como el Penal al que estábamos yendo.

 

Hace un día atrás, estaba jugando con mis hijos, conversando con mi mujer, tomando unos mates, mientras mentalmente agradecía por tener el amor de mi familia; pero lejos me encontraba de dar gracias por gozar de mi propia libertad.

 

Ahora, en este instante, acabo de salir del encierro y recupero esa libertad y lo primero que me viene a la mente son unas palabras que dijo el Papa Francisco, en relación a los presos: «Cada vez que llamo a los presos de Buenos Aires, de vez en cuando lo hago para charlar un rato, me pregunto: ¿Por qué él y no yo?, ¿Merezco yo más que él para no estar allí?, ¿Por qué él ha caído y yo no?. Es un misterio que me acerca a ellos».

 

Voy en el auto, bajo un poco la ventanilla, para que el viento multiplique el estado de libertad, lo confirme, y sufro por la ingrata balanza de oportunidades, desequilibrada, una ofrenda pendenciera en la que algunos salimos ganando y otros perdiendo rotundamente sin comerla ni beberla.

 

Muy difícil este tema de las oportunidades, de la paja en el ojo ajeno y del perdón. Muy difícil.

 

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