Por Agustín Seijas
Para la revista PLOT

En Argentina, el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación establece en la Resolución 498/06 los contenidos curriculares básicos para la carrera de Arquitectura y las actividades profesionales reservadas al título de arquitecto. Esta resolución ministerial, que ha sido elaborada con el asesoramiento de especialistas designados por las Universidades, los Consejos y/o Colegios profesionales del área y la Federación Argentina de Sociedades de Arquitectos, enumera en su Anexo V todas las cosillas que pueden hacer los arquitectos para ganarse la vida, en forma digna y legal. En el texto oficial, se repiten palabras como: diseñar, proyectar, dirigir, ejecutar, calcular, efectuar, programar, realizar, concretar, planificar, asesorar, participar, relevar, tasar, valuar, arbitrar y peritar.

Han quedado explícitamente fuera: enseñar, criticar, redactar, conferenciar, editar, administrar y gestionar, entre otros menesteres que fluyen entre un vernissage y una entrega de premios. El solo hecho de leer esta lista de acciones debería provocar en el profesional una irrefrenable necesidad de tirarse a descansar… y es precisamente el potencial deseo de vacacionar el que nos motiva a reflexionar sobre el sexto punto del listado de veinte funciones atribuibles a un arquitecto: “Diseñar, proyectar, dirigir y ejecutar la construcción del equipamiento interior y exterior, fijo y móvil, destinado al hábitat del hombre, incluyendo los habitáculos para el transporte de personas.” La Real Academia Española (RAE) define habitáculo de las siguientes tres maneras: I. Habitación: lugar destinado a la vivienda. II. Recinto de pequeñas dimensiones destinado a ser ocupado por personas o animales. III. Hábitat. La machine á habiter de Le Corbusier hacía referencia a la fun machine á habiter de Le Corbusier hacía referencia a la funcionalidad racionalista, pero no sólo en relación con la vivienda, sino también con los habitáculos de los aviones y automóviles, espacios que llamaron poderosamente su atención. Mareando las palabras del Corbu, dentro de estos habitáculos se podrían encuadrar también las casas rodantes, reducidas ilustraciones de la verdadera arquitectura mínima transportable que califica según las tres acepciones que la RAE da al término. Precisamente, aquí se cruzan los dos ítems que conforman el sumario de la Resolución 498/06 −contenidos curriculares y actividades profesionales avaladas por el título−, dejando en evidencia que las casas rodantes parecen formar parte del campo del Diseño Industrial y no de la Arquitectura. Siguiendo los parámetros establecidos por el Ministerio de Educación, el estudiante de Arquitectura asimilará durante cinco años la teoría necesaria para desarrollar el diseño de obras de diversas escalas: comenzará con proyectos pequeños (puestos sanitarios, casas de guardaparques o stands comerciales), avanzará a mitad de la carrera con edificios de viviendas (propiedades horizontales, bibliotecas, escuelas, oficinas, museos, hoteles u hospitales), y concluirá su formación académica afrontando ejercicios de urbanismo de mayor complejidad (parques, plazas, fragmentos de ciudades, etc). De esta manera, se podrá afirmar que el arquitecto una vez recibido podrá comprender las necesidades de las personas al momento de habitar el espacio; sabrá analizar un problema específico, plantear soluciones y materializarlas. Así, el estudiante que soñaba con hacer pequeñas casas o grandes edificios, con el casco en la cabeza y algunos planos bajo el brazo, saldrá a la calle a concretar su ilusión juvenil. ¿Cuántos niños habrán deseado ser arquitectos porque soñaban con casas rodantes? De haber existido muchos jóvenes entusiasmados con “la causa”, quizás hoy fuésemos todos un poquito más nómades. Tal vez, en un futuro mediato, al ver materializados estos proyectos, algunos pichones de arquitectos les dirán a sus padres: “De grande quiero hacer arquitectura mínima, pero no de esa subvencionada por los gobiernos y destinada a las masas sino de esta otra, de la que establece la Resolución 498/06 en su anexo V en el punto sexto in fine”. Sin embargo, a todos los que −deslumbrados en algún paraje perdido en las carreteras− quisieron ser arquitectos para construir casas rodantes, les presentamos siete modelos de tráilers que recuerdan la casa del caracol, pero la de un caracol con diseño racionalista que somete su habitáculo a todos los paisajes posibles para ver cómo se adapta al contexto. Un caracol que bien podría hacerse de las palabras del dramaturgo alemán Bertolt Brecht y declarar: “Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo para mostrar al mundo cómo era su casa”.

 

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