por Agustín Seijas (Director del Estudio TICA)
para la Revista TIGRIS

La primera vez que me senté frente a una máquina de escribir fue en el colegio, durante un curso de mecanografía. Yo tenía trece años y aquel trasto enorme, pesado y mecánico acababa de cumplir cuarenta. Era una vieja Lexikon 80 que la firma italiana Olivetti había lanzado al mercado en 1948, convirtiéndola rápidamente en la más vendida de la historia. Me dieron un cartón rígido troquelado con el teclado universal, ese que se conoce como QWERTY (por ser las primeras seis letras que figuran a la derecha en la fila superior del teclado), algunas instrucciones básicas y la enorme responsabilidad de memorizarlo pronto porque debíamos tipiar como mínimo cuarenta palabras por minuto para eximirnos en la materia. Desde el primer momento comprendí que esa sopa de letras quedaría fijada en mi subconsciente como si se tratase del primer beso, siempre que no quisiese pasarme el verano practicando bajo el tubo incandescente del aula. Tuve la suerte de contar con una mente virgen que bien supo asimilar, sin pensar, como se hace casi todo en la adolescencia, aquella combinación de teclas. Pronto me había convertido en un habilidoso mecanógrafo y, por decantación natural, en un amante fiel de la vieja Lexikon 80. Estaba en esa edad en la que lo sencillo resulta placentero. Con el tiempo, el recuerdo de aquella máquina me llevó a adquirir una por internet, para luego sumar otra y otra más, especializándome poco a poco en estos objetos de culto. Cuando mi colección empezó crecer, me gané la celosía de mi mujer, quien se empecinaba en fumigar esta plaga de lo que ella consideraba vetustos aparatos de la prehistoria.

El gran problema que afrontamos los fanáticos de este tipo de objetos de culto, además de la celosa amenaza de nuestras mujeres, es dar con un mecánico idóneo que pueda repararlas, con buen pulso y la astucia suficiente para reciclar alguna que otra pieza de maquinas que han caído en coma profundo, lo cual podríamos catalogar como una donación de órganos.

Durante años, estuve a la deriva, librado a mi propia suerte, hasta que la buena fortuna y un anuncio olvidado en las Páginas Amarillas me permitieron dar con Bubi, uno de los últimos manitas del oficio. Cierto día, lo llamé por teléfono y me citó en su tallercito de San Fernando, tenía que llevarle una Olympia De Luxe, similar a la que el escritor norteamericano Paul Auster le compró usada a un amigo y con la que aún sigue dándole el soplo divino a los personajes de sus historias.

Cuando llegué al sitio, inmediatamente di por muerta a mi querida maquina de viaje; aquello parecía un reducto de charlatanes de peluquería de barrio. En la puerta había unas sillas de oficina en venta, recubiertas por forros plásticos desgastados, un juego de neumáticos con un pequeño cartel de SE VENDEN, y un letrero pegado en la vidriera que decía CASA RIVA. Abrí la puerta y pregunté quién era Bubi, como si aquello fuese la cueva de un investigador privado especializado en infidelidades. Desde el fondo del local, donde estaban aprontados tres hombres conversando a viva voz, un tipejo de metro sesenta y contextura robusta me contestó, seco como un Martini: «Yo soy Bubi», acercándose con pequeños pasos ágiles hacia la puerta. Creo, no lo recuerdo bien, que di un pequeño paso a contramarcha, como preparándome para un cross a la mandíbula, pero lo que recibí fue una mano extendida, el saludo de alguien que me estaba esperando, reconociéndome como parte del asunto. De alguna manera, ambos éramos parte de una cofradía en declive, la de los cruzados de las máquinas de escribir, él las arreglaba y yo las atesoraba.

Saqué del valijín la Olympia y la apoyé sobre el pequeño mostrador, mientras deparaba, a ojo de águila, en unas cuantas fotos de lo que supuse debía ser Bubi jugando al rugby en sus años mozos. Cuando volví la mirada hacia él, sus ojos claros me estaban esperando con un parte exhaustivo de los daños que tenía la máquina. Así, en un abrir y cerrar de ojos, el hombre ponía sobre el tapete la calidad de su oficio. Admirado, me incorporé en una conversación de fanatismo absoluto que nos llevó desde las máquinas hasta la historia del propio Bubi. Su nombre real es Adolfo Alberto Riva, pero ya nadie le dice así. Huérfano de padre a los 11 años, tuvo un hermano mellizo al que mataron para asaltarle. Divorciado y vuelto a casar, habla de sus hijos con la ternura de un abuelo más que la de un padre. Durante su adolescencia Bubi repartía su tiempo entre el rugby y la escuela nocturna. Su madre era diseñadora de moda, se ganaba la vida haciendo bosquejos para Delion, una casa de alta costura que quedaba sobre la calle Florida y que aún sobrevive a la nostalgia. Cuando cumplió 16, un amigo le sugirió que las máquinas de escribir eran un buen negocio y lo puso a reparar una Underwood. Inmediatamente empezaron a trabajar juntos en un pequeño tallercito en la casa de su amigo. Bubi parecía darse maña de manera innata, aquel era su don. Con sólo escuchar el seco tac-tac-tac se daba cuenta de cuál era la falla. Aquella mecánica le parecía sencilla, él debía seguir el recorrido de las palancas y cambiar las piezas rotas. En ese momento, los grandes fabricantes venían a Argentina a dar cursos; fue así como Bubi se convirtió en un habitúe de las jornadas de capacitación que brindaban Olivetti y Smith Corona. Los primeros clientes que tuvo se los acercaron sus contactos del club San Fernando. Matarazzo, Volcán y Fiat eran algunas de las oficinas que solía visitar para hacerle el mantenimiento a las máquinas que eran la avanzada de la tecnología corporativa.

Todas las mañanas, Bubi se calzaba los cortos y salía a correr diez kilómetros; luego se pegaba una ducha, se vestía de elegante sport y se daba cita con los gerentes, como si se tratara del tipo que venía a sacarles las papas del fuego. Siempre hablaba directamente con los capos, porque cuando los oficinistas se enteraban de lo que cobraba por aquellos trabajos, empezaban los recelos. A bordo de su Citroën 3CV, recorría mensualmente las salas de mecanografía de los colegios, las escribanías, los estudios jurídicos, los Juzgados de Tribunales y los despachos de algunas Municipalidades, a quienes también les empezó a vender máquinas nuevas. De a poco, Bubi fue comprándose las mejores herramientas importadas y armó un equipo de trabajo, con limpiadores que se abocaban a las cuestiones rutinarias.

Aquellos años dorados le permitieron comprarse algunas propiedades, cambiar el Citroën por un Mercedes Benz y conocer algunos tipos de renombre, entre los que se encontraban reconocidos médicos, escribanos y escritores. El tipo era el número uno en toda Zona Norte. Eran otros tiempos, frases como «se nos colgó el sistema» u «olvidé mi clave» aún formaban parte de un universo futurista.

En cierta ocasión, un conocido le dio un consejo: «no te concentres sólo con las firmas grandes, porque se pueden caer de un día para el otro y te vas a quedar sin laburo». El vaticinio no fue del todo claro, porque lo que se cayó fue la máquina en sí; el devenir lógico la transformó de mecánica en electromecánica, para luego terminar siendo eléctrica. Pero Bubi supo adaptarse a esos cambios y, a pesar de escaparle a la famosa bolita de la IBM Selectric, siguió firme en su oficio. Pero su suerte ya estaba echada y le habían marcado el boleto. El final de la década del ochenta llegó con grandes cambios y sucedió lo irremediable, la máquina de escribir pasó a ser un vetusto objeto de desprecio ante la avanzada de las computadoras personales.

No obstante esto, son muchos los que perduran en sus gustos y se sientan frente a sus eternas compañeras a mecanografiar, mientras que pocos se imaginan el mercado de eufóricos que aguardan detrás del silencioso teclado de sus notebooks a que algún ingenuo publique en una tienda virtual la reliquia que le dejó su tía abuela antes de estirar la pata, una máquina arrumbada en un rincón, pieza selecta que estará dispuesta a vender por pocos pesos, desconociendo que tiene el unicornio en sus manos.

Pocos también creerían que aún existe un pequeño local en San Fernando, en el que un artista sigue jugando su partida contra el tiempo, y que hasta la actualidad, gracias a fanáticos como yo, la viene empatando dignamente.

En lo personal, me resulta placentero meterme en ese mundo, hurgar en el tallercito que tiene Bubi montado en el fondo del local, donde guarda todo tipo de repuestos, palancas, rodillos, pequeñas tipografías de acero, barras espaciadoras, carcasas, las famosas bolitas de la IBM y un sin número de herramientas especiales para reparar todo tipo de máquinas. Bajo un tubo de luz idéntico al del aula donde aprendí a tipiar, Bubi trabaja silencioso, sus manos saben del tema, conocen el pasado y la leyenda de cada modelo, de las grandes compañías. Otro mundo, lejano pero fascinante. Un universo al que el Servicio Federal de Protección Ruso (FSO) regresó por necesidad, según trascendió en julio de 2013 en la prensa de ese país, ante la terrible amenaza que representaba el espionaje digital. Quizás, el propio Bubi desconozca que los miembros de estos servicios de inteligencia rusos, abocados a la protección del presidente y del gobierno, han encargaron veinte máquinas de escribir alemanas Triumph-Adler Twen 180, las cuales tienen un número de registro que les permite distinguir de qué máquina provienen los documentos. Seguramente, él no lo sabe, pero, incluso así, su experiencia bien podría servirle a los rusos. Pero Bubi es nuestro y hay que hacerle honor a su oficio, porque nunca se sabe cuándo necesitaremos de un experto en contraespionaje.

De sus años de gloria, en los que vestía de elegante sport, del rugbier que provocaba algún suspiro entre las secretarias que le daban la bienvenida, del que fue a la Pitman a aprender a escribir y salió tipiando con un dedo pero ganándolos como clientes, queda la leyenda de su propio testimonio y la agudeza del oficio que le permite dar en cuestión de segundos un pronóstico sobre las chances que tienen mis máquinas de salvarse o morir en el intento.

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